Me faltaba el aire. Tenía pesadillas. No había razón. A mi alrededor parecía no haber grietas que dejaran filtrar tanta opresión y así y todo, no tenía aire. Sobre mis hombros toneladas de hierro me seguían donde quisiera que fuera. No había escapatoria, estaba encerrada en el laberinto de mi mente. Caminos intrincados y sinuosos. Precipicios por doquier. Mi humanidad y yo, solas, ante la inmensidad del dolor que no quería irse nunca, ante los recuerdos de una vida mejor que nunca existió. Una vida que podría haber sido, una vida que por temor y cobardía nunca me anime a vivir. Una vida que hoy vive en la fantasía de una mente lastimada. Era como vivir bajo el agua todo el tiempo, con la superficie al alcance y a millones de kilómetros. Era sentirse morir. Era morir en vida. Era la muerte.