Fue en octubre de 2018. Yo viajaba por Europa del Este, en un viaje que había nacido muchos meses antes, impulsado por la tristeza de un desamor (¿cuándo no?).
Estaba sola, triste y lastimada. Y ese viaje —el primero completamente en soledad conmigo misma— fue el aire que necesitaba para salir de la oscuridad. Por muchos motivos, creo que fue el más importante de todos.
La historia de esta foto es especial. Lo que pasó después cambiaría mi vida para siempre.
Me veo sentada en indio, con una cerveza en la mano y sonriente, y no puedo dejar de pensar que la felicidad, en el fondo, es eso: momentos que cambian el rumbo de una historia, segundos de inflexión que determinan lo que viene.
Y si eso que viene trae felicidad, entonces son doblemente importantes.
Había sido un largo —y a la vez corto— día en Viena. Oscurecía temprano, pero se caminaba mucho.
Esta foto fue el final de ese día: de camino al hostel, paré a tomar una cerveza (que al final fueron más) en algún bar perdido entre Hofburg y Leopoldstadt.
Mi amor por la cerveza negra es sabido, y la vienesa —ay, por todos los santos— es de las más ricas que probé en mi vida.
Entré “por solo una”. Pero, como todo lo bueno, se acabó demasiado rápido y tuve que pedir otra.
Y después otra.
Y otra más.
En el medio, un llamado telefónico con mi hermano mayor, desde Buenos Aires.
Cuatro chops de cerveza negra fueron más que suficientes para saber que era hora de regresar.
Este punto en la historia es confuso. Recuerdo —porque la cerveza viajaba a mil kilómetros por hora en mi cuerpo— haber pasado por una iglesia; recuerdo la oscuridad cerrada del cielo y las luces iluminando las columnas.
Recuerdo cruzar el Donaukanal.
Y alguna que otra cosa más.
Entre el bar y el hostel me separaban unas quince cuadras. Ese trayecto, de unos veinte minutos, tuvo un condimento especial. Una magia única.
Durante todo el viaje me acompañó, a la distancia, por medio de mensajes de Instagram, una persona del trabajo. También estaba triste —pero por motivos mucho más importantes que un corazón roto por amor—.
La charla comenzó por una foto de él. O al menos eso creo yo. Y voy a creer que sí porque, en realidad, el motivo no tiene tanta importancia. Creo haberle escrito “¿Qué te hiciste?”, o algo similar, por un tatuaje de Shenlong y las esferas del dragón que tenía en le brazo. Ese fue el puntapié inicial.
Si la charla empezó por ahí, seguramente terminó en la otra punta. En definitiva no sé bien de qué hablamos, pero sí sé que le pedí que siguiera escribiéndome hasta que llegara.
En ese momento no tenía idea de lo que vendría después.
Pero algo cambió.
Esa charla fue, en retrospectiva, una chispa: un cerrillo encendiendo un fuego inmenso.
Después de un rato de calle estrellas y curvas llegué a mi destino. Entre el cansancio del día, el sueño y la cerveza, la charla no se extendió mucho más. Pero algo quedó, algo se prendió. Algo empezó.
Mi viaje siguió varios días más, y la tristeza también.
Volví a Buenos Aires, al trabajo, a mi hija, a la rutina.
En ese momento, para final de octubre de 2018, no sabía todo lo que iba a venir después.
De esa foto hacen hoy 7 años. Y desde hace 6 años y 10 meses, ese brazo con ese tatuaje me abraza todos los días. Al final, las historias también pueden ser felices.

